
En aquel entonces, la funcionaria Clara Rivera y la doctora Lucía Herrera eran grandes amigas. Tras morir en una inundación, reencarnaron como esposas de exiliados en Marca Austral. Para su desgracia, sus maridos resultaron ser enemigos mortales. Juntas, no solo reconciliaron a ambas familias, sino que usaron su experiencia y poderes místicos para mejorar la vida de los aldeanos.











