
Como regente, su deber era educar al joven tirano Tak. Pero su alumno desarrolló una peligrosa obsesión. Al tomar el trono, la encerró en el palacio, declarando que su único deseo era ella, no el imperio. La domesticación se invirtió y la bestia la devoró. Cuando los rebeldes atacaron, recibió por él una flecha envenenada. Ahora, en sus brazos, lamenta no haber logrado domarlo por completo.











